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Sus ojos, su locura, su tristeza

Me confiesa que ha tenido un sueño en el que estaba él.
Y lo hermoso es que lo dio por cierto, creyendo adivinar el paraíso,
Y lo triste es precisamente eso, que lo dio por cierto.

El Sueño-Paraíso está demasiado lejos.
El Sueño-Paraíso, lo sabemos bien, no piensa en ella.

Tres veces por semana como si no hubiera un mañana apura el vaso
Que es esa especie de milagro en su cuerpo.
De viernes a domingo ahuyenta sus demonios
Dejándose llevar por ese encuentro
Diría que juvenil con unos pasos en los que habita el baile.
En esas piernas que yo he visto temblar recibe amablemente este presente. Este vivirlo ahora,
Sin preguntas y sin mirar atrás un sólo instante.

Ella me cuenta el sueño, lo recrea de viva voz y llora.
Es mi madre, la miro,
son sus ojos, su locura, su tristeza.


 

Con ilusión de permanencia

De nuevo me refugio en sus cabellos,
Hilos dorados que cuelgan de los árboles,
Fibras de hielo azul que el agua desmenuza.
Se acelera mi corazón
Cuando atravieso el puerto,
Alcanzo este paraje, me adentro
Y me muevo entre las hojas
Para ver los detalles. Siempre los detalles
Recordando que existimos
De una casualidad. Lo llamamos amor
En tanto que perdura dentro de una palabra
Que un ser desconocido y en un tiempo remoto
Se atrevió a pronunciar.

Lo que quiso expresar poco importa, nadie lo ha repetido,
Era suyo. Pero nos queda esa palabra
Para nombrar también, con otros usos
A otras cosas. La manera instintiva
De querer a unos padres
Que nos habían querido mucho antes.
Son querencias que a veces se desprenden
Cuando nos visita la razón
Y lo hace con sorpresas propias de la razón.

En nuestro idioma amor tiene dos sílabas.
De sus sonidos pronunciados
Por vez primera en otros labios
Quisimos apropiarnos. Nos atrevimos,
Lo que hizo que soñáramos
Con encontrar a alguien
Que le añadiera algo
Al complicado juego
De sentirnos incompletos.
Piezas desconocidas
Convocando precipitadamente
Un torrente de sangre,
Un vértigo de alas,
O un alud imparable
Rodando en la ladera
Hasta agotarse,
Reposarse,
Y postergarse
Con ilusión de permanencia.

Hoy pronuncio amor
Sobre la nieve que persiguen mis pisadas.


Retrato de una fotografía

Cuando mamá se cansa de ser mamá y prefiere hablar pero ya no conmigo, sino con desmemoria, puede que me permita ciertas cosas. Dependerá del día. Si acompaña, salimos. Yo la llevo a un banco donde la luz atardecida nos alarga a las dos o a las tres. Si se queda sentada y levanta la barbilla con esa sonrisa que así de tan hermosa me parece infinita, cojo mi cámara y la atrapo, apenas sin tocarla, con la delicadeza que compone el amor sobre un paisaje cercanamente extraño. En realidad yo la atrapo para siempre, pero del ajetreo de sus conversaciones con desmemoria depende que sigamos mucho tiempo en este banco.

Por ahora el brillo que se desprende de su rostro y de sus párpados cerrados con suavidad me sugiere que juega a que despierta pensamientos que un día fueron suyos. Las cuencas de sus ojos son cajitas de felicidad y por eso no quiero que se abran aunque dentro guarden un tesoro. Y me pregunto qué hago con todo este cariño que se desborda y me desborda y que egoístamente desearía que me ayudara, por ejemplo ahora, pasándome deprisa algo que tuviera de verdad un valor para ella, algo que poder intercambiar.


 

Me atrevería a durarte

Me atrevería a durarte
Las lunas que hagan falta.
 
Si noto que te extraño
Llego al acantilado
Por donde cae la tarde
Y el sol se desvanece.
Te puedo imaginar
Mirándome a tu espalda.
 
Desde allí bajo al mar.
Busco un puente de arena,
Lo atravieso,
Tomo algunas palabras
De la playa.
Me recuerdan que estamos
Completamente llenos de lugares.
 
Nos hemos habitado
Y nos hemos leído
La vida tantas veces
Que resulta difícil
Despedirnos, o decir
Nos hablamos,
O hasta pronto.
 
Al subir la marea
Me tengo que volver.
Y de algún modo siento
Que una parte de mí
Continúa por la orilla,
Aunque se haya acabado
Este poema.